lunes, 20 de marzo de 2017

Heridas

Le encantaba ver su piel rota, sangrando. Era como poder ver sus propias heridas interiores. Podía tocarlas. Cuidarlas. Curarlas. Le gustaba acariciar sus heridas físicas cada día, sentía que así acariciaba sus rotos interiores.
Pero siempre curaban antes las heridas físicas que las internas. Era mucho más fácil, mucho más sencillo. En las heridas de su cuerpo siempre había pequeñas células que se encargaban de regenerar ese daño con la mayor rapidez posible. Sus heridas psicológicas sólo dependían de ella. Nadie ni nada podían (ni querían) ayudarla. Nadie podía salvarla de sí misma, de sus pequeños monstruitos que le destruían cada día y cada noche. Nadie. Sólo ella. Pero creía que no podía, así que se escondía en las pequeñas heridas en su cuerpo para cuidarlas como nadie le había cuidado a ella.
Pero un día se le fue de las manos. El dolor físico no tapaba el dolor emocional. Y siguió dañándose más profundamente. Hasta caer y deshacerse de ambos dolores, al tiempo que se deshacía de su vida. Y, por última vez, acarició sus heridas.

martes, 24 de enero de 2017

Dos zonas

Ella era transparente. Todos podían ver cómo era. Todos podían llegar hasta esa pared del fondo. Pero muy pocas personas traspasaban esa pared y descubrían un universo infinito, con un fondo oscuro. No había nada en claro. Nada se podía dar por hecho. En cada rincón había un par de heridas sin cicatrizar. Todas bien cuidadas. O, al menos, casi todas. Alguna quedaba infectada, inflamada, doliendo. También había muchas fotos flotando, pues en ese lugar no hay paredes. Eran momentos captados, congelados. Momentos alegres y tristes. Momentos sólo de ella. De vez en cuando podías tropezarte con recuerdos. Segundos, minutos, horas o días completos. En ellos escondía detalles que le importaban, por una u otra razón. Tiempo. Mucho tiempo es lo que escondía en ese espacio. También había cifras, números sueltos. Quizás cualquiera no sabría que significaría aquello. Ella sí. Y, si alguien tenía la suerte de pasear por allí guiado de ella y ella tenía la confianza, la paciencia y las palabras necesarias, podría contarle en persona el significado. Además, había nombres. Algunos estaban tan rotos que apenas podías distinguirlos, pero ella sabía cuál era cuál. Cuanto más dañado estaba el nombre, más dañada había estado ella. Sorprendentemente, en aquella zona sí existía algo en perfecto estado: libros. Títulos de libros, autores, frases, fragmentos, palabras, páginas. Más al fondo, con apenas luz, había pequeños y grandes monstruos. Cada uno tenía su propio nombre, ella nunca los llamaba monstruos.

La zona apenas tenía otras visitas que no fueran las de ella. No es que fuera complicado o imposible de acceder a esa parte. Algunas personas podían pasear por esa zona oscura y fría de vez en cuando. Aunque ella siempre era la que más la transitaba. Sabía que hacerlo le causaba dolor, quebraderos de cabeza, cambios, un paso más cerca de la locura y más lejos de la cordura. Qué importaba si era masoca. No le afectaba a nadie. O eso creía. Qué importaba si perdía un poco más la cabeza. Era la característica indispensable de esa zona transparente, esa zona que a todo el mundo le gustaba.

A veces, al tratar de volver a la zona transparente, le costaba. Sus pequeños monstruos tiraban de ella para que se quedara oscura. Parecía como si le quisieran más sus monstruos que sus amigos, aunque cualquiera de ellos le hiciera daño en ocasiones. Había momentos en que hacía las paces con sus monstruos, que se tomaban un café juntos y hablaban de lo que había ocurrido. No tardaban en volver a quererse. Y ellos cuidaban de ella, incluso cuando no estaba con ellos; incluso cuando ella, a duras penas, lograba traspasar ese muro. Un muro que mantenía en pie como protección. Protección hacia ella y hacia los otros.